jueves, 30 de abril de 2009

Don Alfonso, el amante

Isolda, cubrid vuestra desnudez con el calor de mis labios que han quedado prisioneros en los contornos de vuestro cuerpo.

Dejadme una vez más ser el hechicero que os quita el aliento en cada jadeo de amoroso placer y os lleva sin pensarlo al éxtasis de la gloria.


Dejadme acariciaros hasta que mis dedos pierdan el tacto de tanto repasar las lujuriosas curvas que me ofrecéis sin reparos, que soy caballero mi bienamada, pero sobre todo soy un hombre sediento de amor desenfrenado.

Vuestros gritos de placer son como el estruendo de las olas al romper contra la roca, son el canto embriagador de la sirena que me atrae hacia los abismos negros de sensaciones inimaginables.
¡Sois mía, Señora! ¡Sois mi musa y mi vida!

¡Cielos, no dejéis al ingrato sol asomar en el alba! ¡Que esta noche sea eterna, como eterno será mi amor por Isolda!
¡Cielos, perpetuad la noche, no descolguéis la luna!

miércoles, 29 de abril de 2009

CAPITULO IV LA FIESTA NACIONAL




Eran las cinco en punto de la tarde, seis toros seis, para el único espada de la tarde. "El Niño del Corral Candelas" nacido en Triana. Y en la presidencia, don Remondo y el señor presidente, revisan sus pañuelos para ejercer los veredictos de las faenas. En uno de los palcos laterales, don Cesar, acompañado de Elena y el pequeño se afanan en pelar unas avellanas verdes que habían comprado a la entrada. En la puerta de la Monumental, ciego y lazarillo, recogen las monedas que los asistentes arrojan a sus sombreros mientras la poetisa no deja de cantar. En lo más alto de las gradas, casi junto a la bandera, la gitana Carmela, la Lentejosa, la Piñones y otras compañeras de oficio, lucen peina y mantilla dejando a la vista sus esplendorosos escotes,unos labios bien teñidos de rojo y unos lunares en las mejillas como botones. Carrincho, aguarda en la barrera comiendose las uñas está enrojecer el nacimiento de las mismas sin dejar de mirar como se completaba el aforo de la plaza . Y en el patio de cuadrillas, ¡Ay, ese patio de cuadrillas! , la fotografía de una tarde de toros de esas inmemorables en las que el sol luce con fatiga, para negocio del que vende panales con sabor a fuchina y vino peleón. En ese patio de cuadrillas, Rafaelito ajusta el corbatín del maestro que no deja de tragar saliva y observa de reojos como los otros banderilleros hacen el esfuerzo sobrehumano de subir y ajustar a Buttarelli al caballo, que resopla entre pocos dientes.

Y entre los sones de la banda, sale el paseíllo. Torero y cuadrilla muy derechos, formados en fila. Buttarelli a caballo en el centro, con el rostro esplendoroso y rechoncho, reflejando la gloria como un espejo. La muchedumbre, desde el tendido, aclama al maestro. Sevilla hace tiempo que no disfruta de los toros y esta tarde soleada la plaza se viene abajo. Pero el Niño del Corral Candelas parece renquear en los andares. De vez en cuando parece que lo sacuden temblores extraños.

Vive Dios, doña Elena, la madre que lo parió. ¡Qué le habrá hecho la gitana de la hostería que a duras penas puede mantenerse en pie! Miradlo, milagro sea que no tenga que sentarse antes de llegar al burladero. Madre del Creador, cómo viene, ¿habrá que tener pocas luces? Cuando llegue la hora, tapadle los ojos al niño, que no es bueno que la criatura vea las tripas de un cristiano regadas por la arena.

Y diciendo esto suenan los clarines, se abre la puerta de toriles y el público, conteniendo el aliento, mira hacia la oscuridad del callejón, negro como las fauces de un lobo. Al cabo de unos segundos de silencio, el suelo de la plaza empieza a temblar ligeramente como si de un seísmo se tratara, pero no es un terremoto, es el morlaco que avanza enfurecido por el callejón buscando la claridad del sol. Y el público, en medio del pavor, tiene el placer de conocer al segundo protagonista de la tarde: Malaleche.

Astifino, negro zahíno, bragado meano, engatillado, bizco del derecho, 574 kilos de malas entrañas, Malaleche se ha cobrado ya cinco vidas de cristianos en el trayecto del campo a la plaza. En medio de una nube de polvo y de bramidos que hacen temblar las tripas de Buttarelli, Malaleche da tres vueltas al ruedo y se cuadra por fin en los medios, justo en el centro aritmético del redondel, a verlas venir. Mira a un lado y a otro, hunde las pezuñas en el albero pero no se mueve. A su izquierda, un gracioso, desde un burladero, agita un pañuelo. Malaleche que lo ve a lo lejos no se lo piensa. Coge carrera y en cuestión de segundos embiste al burladero estrellando contra las tablas sus 574 kilos de puro músculo. Las astillas saltan hasta el tendido siete. El respetable enmudece. El pánico se apodera de la plaza y todas las miradas se vuelven hacia el Niño del Corral Candelas. Mientras tanto, Malaleche vuelve sin prisas al centro del coso. Mira hacia el burladero donde se esconde el Niño del Corral y con desprecio total hacia el respetable se orina en la arena, una meada larga y provocadora. Y ahí se queda, a verlas venir.

Madre de Dios bendito, doña Elena, ¿de dónde habrán sacado a esa bestia? Si con su carne podría comer Sevilla entera.

Han enmudecido de pronto, los juglares, la poetisa y el ciego. Todas las miradas están puestas en Malaleche y el Niño del Corral Candelas que ha quedado como un guiñapo. Ni que hablar de Buttarelli, más parecido a Sancho Panza que a otra cosa.
La pelirroja, que ha mudado sus trapos por vestimenta más decente, pagada por el ciego con su abultada bolsa producto de la rapiña, no puede dar crédito a tanta explosión de color, algarabía y olor a sangre que se van perfilando en el aire.

¡Tiempo hacía que no acudía a festejo alguno! Ya ni recordaba cuándo fue la última vez que me he divertido y qué falta me venía haciendo. Y vos ciego, aún no me habéis dicho vuestro nombre, que no creo que vuestra madre os haya puesto Ciego al pariros ¡pardiez!

El ciego excitado con la fiesta y el vino barato de Buttarelli, a duras penas podía contenerse ante el olor a hembra que emanaba la pelirroja. El zagal vigilaba atento, imaginando que en cualquier momento quedaría desempleado en cuanto a su amo se le ocurriera dejarse tentar por la situación y la poetisa cumpliera su promesa de pasarlo a degüello…

¿Pero que os pasa ahora que os habéis quedado mudo? ¿También perdisteis el habla, además de la vista? Por la Virgen Santísima que no termino de comprenderos.

¡Dejadme ver! ¡El Malaleche está que arde…!

- ¡Rafaelito, as er favó de ponerme ese toro en la sombra! -ordenó el Maestro, fijandose la montera y pasando sus dedos mojados en saliva por las cejas.-

-Mirá que porte tiene mi torero-dice desde la grada la gitana, a la vez que golpeteaba un gran abanico contra su escote.-

Rafaelito!, chiquillo, llevatelo mejó ar tendio de sol, que hay ase un poco de aire-dijo a lejos a su subalterno.-

- Mire Maestro que resfriamos ar torito-contestó el banderillero.-

En ese momento se hace el silencio en la plaza, y el "Niño" avanza lentamente hacia los medios.

-¡Eje! !ey torito!

El toro se queda "frenao" y escalva la arena para atrás, pega un bufido y arranca hacia el capote del maestro, con maestría pega una media verónica con los ojos cerrados y el publico grita olé, sin creerse que había salido indemne del primer envite, se acerca a la presidencia y pide el cambio de tercio. La gente protesta, pero es el momento memorable de que Buttarelli haga su aparición.

- Maestro que este toro ni más de un pase

- Que no Rafelito, que este toro no vale na, avé que hase en varas

A esa hora de la tarde, el sol cae a plomo en la arena. El calor es asfixiante. El respetable, que no entiende por qué razón el maestro ha pedido tan pronto el cambio de tercio, se excita en los tendidos. Silba, abuchea, patalea, pero suenan los clarines y es la hora del tercio de varas. A Buttarelli le corre el sudor por todo el cuerpo. Tiene la impresión de estar metido en una de las ollas de la hostería, cociéndose junto a los garbanzos. Y justo cuando lo sacan de las defensas se encomienda a la Virgen. Malaleche lo ve de lejos. Lo ubica. Lo cuadra. Rasca la arena con las pezuñas. Brama, fijos los ojos negros en aquel jinete que tiembla de pies a cabeza a veinte metros de él. Cuando la bestia arranca, el Niño del Corral se agacha lentamente, instintivamente, tras el burladero. Carrincho sólo atina a santiguarse.

Por los clavos de Cristo, esto es un crimen.

Malaleche ataca. Buttarelli ni siquiera tiene tiempo de amagar con la pica. Cierra los ojos y se encomienda a Cristo. Que sea lo que Dios quiera.

(Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosot…)

Y Malaleche empitona al caballo por la babilla con el cuerno derecho y por la vena de la cincha con el izquierdo. El topetazo es brutal. El respetable se tapa los ojos en el tendido. El caballo cae de costado y Buttarelli sale despedido pero queda enganchado por el estribo, del que no puede zafarse. Panza arriba, mientras Malaleche hace trizas al caballo con sus cuernos afilados como navajas, Buttarelli ha dejado de rezar y pide auxilio levantando las manos.

Socorroooo, socorroooo, muerto soy, muerto soy, ayudaaaaa.

Pero pronto Malaleche se sube encima del caballo lanzando cornadas a diestro y siniestro. Buttarelli ve los cuernos de la bestia a dos palmos de sus narices, en medio de una orgía indescriptible de sangre, tripas y pellejos, y creyendo llegada su hora, deja de moverse y se desvanece. Ese gesto le salva la vida. Pero Malaleche sigue corneando el cuerpo del caballo y pateando el del jinete. Por un momento se detiene, lanza un bramido desafiante a la concurrencia y vuelve a mearse larga y pausadamente sobre el cuerpo maltratado de Buttarelli.

Vive Dios, como a la bestia se le ocurra saltar al tendido nos hace una carnicería.


-Rafelito, ¿qué ha pasao? -dijo sin levantar la montera de las tablas.-

- ¿que, qué ha paso, maestro? , que el bucareli tiene que tener más abujeros que un colaó

Carbón, otro de los subalternos, logra coger al astado por el rabo y lo quita de encima del caballo. Como puede, Buttarelli, se desengancha del estribo y completamente ensangrentado por el animal echa a rodar unos cuantos de metros. El público, comienza de nuevo a pitar y a reclamar la presencia del matador en el ruedo.

- Maestro, que le toca salí, por lo que más quiera saque fuerzas de flaquezas, pero sarga.

El Niño, se incorpora y se asoma de nuevo al burladero estirando su figura y ciñéndose de nuevo la montera, saca una pierna por el burladero, Malaleche, echa a trotar hacia él , y el torero, con la rapidez de un rayo se vuelve a encajonar y hace el gesto a la presidencia de que cambie de nuevo el tercio. La gente comienza a tirar almohadillas y la pitada es monumental.

-Pero, Maestro, que está asiendo, no que é la oportuniá de nuestra via.

- Calla, Rafelito, que er toro no es güeno, que te lo digo yo

La peor sangre de Malaleche se excita con la monumental bronca. No le gusta el ruido. Menos le ha gustado la pica de Buttarelli, a la que ya en el suelo ha pateado y corneado a su gusto por si acaso. Ya ha visto la pierna del maestro y no hay quien le quite la vista asesina del burladero. Su instinto le dice que tras aquella pared de madera hay carne en abundancia. Viendo que el maestro no sale, Malaleche se vuelve, se aparta unos metros, toma carrera y embiste con toda su fuerza y enfado contra el burladero del Niño. Las astillas llegan de nuevo hasta el tendido siete.

¿Cuánto aguantará el burladero? Nadie lo sabe. Tras él, el maestro, Carrincho y algunos de la cuadrilla se agazapan en el suelo. Las tablas y las astillas caen sobre ellos cada vez en mayor número. El público que está tras la barrera se asusta y sin disimulo alguno se retira del foso. Los del primer tendido hacen lo mismo por si al final el toro destroza el burladero, pasa sobre los toreros y asalta el callejón.

Pero de pronto Malaleche se detiene en seco. Ha oído ruido a sus espaldas. Los mulilleros y los mozos tratan de quitar de la plaza los despojos del caballo. El toro los ve, se olvida por el momento del maestro y arremete contra los mulilleros con gran regocijo del público, que se levanta de los asientos gritando con los brazos en alto. Los mozos apartan a correr cada uno por un lado, pero el que corre por la parte de Malaleche ha tenido mala suerte. El toro lo engancha por las calzas, lo zamarrea como si fuera un trapo, le da varias vueltas en el aire y lo despide arrojándolo al primer tendido. Malaleche se queda solo en el albero. Ha decidido que el redondel es suyo.

Lentamente vuelve a ocupar el centro geométrico del círculo y mira fijamente el burladero del maestro sin importarle las almohadillas ni los gritos del respetable. Otra vez a verlas venir, sólo que ahora ya sabe de dónde vendrán.

Válgame Dios, doña Inés, si éste es el primero de la tarde, cómo será el último.

En esto, que Rafaelito, sale del burladero del tendío de sol con un par de banderillas en la manos. Blanco y rojo son los colores del papel que adornan los palitroques.

- ¡Rafael! ¿Adonde vas miarma?-gritó de cerca el Maestro.-

- A defendé su honó, Maestro, que si usté dije que er toro no es gúeno es que no lo é, pero algo hay que asé pá contentá a toa esta gente que ha pagao.-contestó llendose para el centro del "redondé"-

- (¡Ay! Cristo de los gitanos, que este hombre se va a jugá la vía por mí) -pensaba el "Niño".-

Rafaelito, avanza con paso firme y lento, estirando su torso con las banderillas en alto y contoneando su cintura. La charanga comienza a sonar, para solventar el desanimo generalizado del público y Malaleche arranca hacia el. Un salto limpio sirve para coger el impulso necesario para sembrar los palos en todo lo alto. Un olé mayoritario retumba en el coso y Rafaelito se viene arriba, despues viene un segundo y un tercer par que desata los aplausos y vitores del aficionado. El subalterno, invitado por su Maestro, se quita la montera y saluda al tendío correspondiendo a la aclamacion popular.

Suena el clarin y llega la hora de la verdad, El Niño del Corral Candela, sale del calllejón y se dirige a la presidencia, mientras Carbón entretiene al toro en el sol.

-Con su permiso, señó presidente-dijo inclinando su cabeza en señal de respeto y dirigiendose a brindar el toro a la grada.-

Buttarelli, es atendido de las magulladuras y porrazos por un sacamuelas en el patio de cuadrillas, y el público contiene sus pitos a la espera de que comience el trianero su faena, mientras, Rafaelito queda presto en el burladero del tendido 5 a la espera de realizar un quite al envenenado Malaleche que está a punto de embestir a la muleta de su Maestro.

El "Niño", mira al cielo y sobre un palmo de terreno gira montera en mano su propio cuerpo dedicando a los tendidos la faena, a continuación la tira trás de sí y cae bocarriba justamente en el centro de la plaza.

- ¡Ay, Lentejosa, que la montera ha caío páriiba, con la mala suerte que trae eso!-exclama la Gitana pellizcando el brazo de su amiga.-

El torero, ensarta su espada en la muleta y con los dos pies junto cita de frente al toro.

-¡Eyyyy, torito! ¡Eyy!

Malaleche comienza de nuevo a escarvar y mira con fijeza al engaño. La tarde de pronto se entolda con nubes feas y el aliento de la cuadrilla y de Carrincho se aceleran de la misma forma que el corazón del espada.

Arranca de una vez el bovino, y la plaza, muda por completa, asiste a uno de los mejores naturales que sean dibujado jamás en la tauromaquia. Un ¡olé! generalizado hace olvidar los lamentables incidentes del principio de la tarde. A continuación, y con la misma quietud, cita de espaldas al berraco y le dá un pase de espalda que remata a la media vuelta con uno de pecho que hace levantar a todo el personal de sus asientos.

- ¿Qué es tanta algarabía? pregunta, Buttarelli, casi inconsciente, por el dolor que le estaba provocando el alcohol de quemar sobre sus heridas.-

- El "Niño" , que lo está bordando...

De pronto y en lo mejor de la faena, comienza a llover de manera torrencial y el público comienza a correr para abandonar el festejo. En menos que canta un gallo los tendidos se quedan solos y ciego y lazarillo aprovechan tal desconcierto para acerse con unas cuántas de bolsas a la atropellada salida. En la grada, la Gitana, con la pinturilla toda corrida, aguanta el arreón del agua sin apartar la vista del ruedo con las manos entrelazadas y sin dejar de rezar. Don Cesar y Elena, que echa su mantoncillo por encima del pequeño, miran hacia la presidencia y le piden a Corregidor y Presidente que den por suspendido el festejo. Éstos, en vista de lo acontecido, sacan su pañuelo verde, pero el maestro poseido por la casta y el coraje vuelve a citar otra vez al toro.

- ¡Maestro!, déjelo ya que no hay nadie y le han sacao er pañuelo verde pé terminar.-le grita Rafelito desde el burladero.-

-No Rafael, tu has jecho güeno ar toro y te lá jugao por mi, y yo por mi santos cojones que mato ar toro.¡Este é er toro de mi vía!

- Que no ase farta hombre, que una figura como usté no tiene que demostrá ná, vengase pa cá.

-¡Eyyyy, torito!

A la nueva embestida, Malaleche, empitona al maestro por el muslo, y antes de que caiga lo engancha por el pecho, dejándolo caer como un saco de grano. El grito ahogado de la gitana resuena en el coso con lamento de muerte.

lunes, 27 de abril de 2009

CAPITULO II LOS PREPARATIVOS DE LA FIESTA






- Tenga usted unos carteles del evento, tabernero.

- Pero, tú eres...

- Sí, yo soy el gran Rafaelito, miembro de la cuadrilla der maestro de lo maestros. ¿Me pone usted una copita?

- Sin parné por delante no hay copa que valga, banderillero.

- No me sea "icosiente" , que como un banderillero quiera se carga la corria.

- ¿Me está "amensando" ?

- Que no son "amenasa" hombre, que es cuestión de estimular a los seres humanos que van a venderle tó er papé pá mañana.

- Si está aquí el valiente banderillero-dijo acercandose carmela, la gitana, acariendole el cuello.-

- Que sean dos copitas en vez de una, don Cristóbal-contestó Rafaelito, echándo el brazo por la cintura de la gitana.-

- Me llamo Cristófano, no Cristóbal. Aquí tiene, pero más le vale a su maestro salir por la puerta grande...

- No se preocupe vuestra mercé que eso está echo.

El banderillero, se retiró con la gitana a una de las mesas de la Hostería, mientras Buttarelli entraba a la cocina en busca de los platos de comida que el ciego había encargado para la recién llegada.

-Carmelilla, tu podría también contribuir en subirle los animos a este profesioná der toro.

- Y está dispuesto a pagar el profesioná...

- No seas desconfiá mujé, dame un adelantito-contestó el banderillero metiendo su mano entre la entrepierna de la gitana.-

- Ya está torero, o enseñas los reales o no hay lugar a la jodienda.-contestó apartandole la mano y cerrando sus piernas.-

-Esperaté, porque esto hay que apagarlo cómo sea-dijo poniendose en pie y subiendose el pantalón a la vez que se miraba su abultada bragueta.

-¡Pus! ¡Bucareli!-siseó al tabernero, para llamar su atención desde el otro extremo de la barra.-

-Buttarelli, me llama Buttarelli, ¿qué quiere ahora el señó?

- Déme vu esensia un adelantillo pá rematá la faena con aquella moza.

-¡Pero, jamás se ha visto que desfachatez!

- No se me artere que me deprimo y mañana soy capaz de tó en er festejo.

- No, tranquilicese, buen hombre, tome. pero ni un real más.-contestó Buttarelli sacando un fajo del bolsillo.-

- ¿Y las llaves?

-Pero ¿que llaves?

- Hombre no querrá que remate la faena en un pajar y que coja mala postura pá mañana, dejeme una de sus alcobas...

-Schssst, Martín, niño, ojo con la bolsa que a granuja huelo. No consientas por nada del mundo que ese mozo se acerque a nosotros. Si lo hace me tiras de la manga con disimulo, que le arreo un bastonazo que lo deslomo. Y a mi izquierda hay un hombre y una mujer ¿a que sí? Atento que ésos tienen plata.

-¿Y cómo lo sabe vuestra merced, si vuestra merced no ve?

-No me seas tonto, Martín, que nunca vas a llegar a nada. No los he visto pero los huelo, y esos dos huelen a dinero, sobre todo la mujer. ¿Él lleva espada?

-No

-Entonces cuidado con él, porque de seguro lleva navaja y pistolas. Y, Martín... si el caballero no gasta estoque, ¿dónde llevará la bolsa?

-En el lado izquierdo, señor, en el lugar del estoque.

-Bien, Martín, hijo, vas aprendiendo, vas aprendiendo. Ya sabes lo que tienes que hacer, te acercas con disimulo y se la quitas, como yo te he enseñado, que tenemos que pagar el alimento de la dama.


Permitidme buen hombre que a modo de agradecimiento os recite una pequeña copla en vuestro honor:




Ojos que ciegos ven
el alma del caminante
y en los senderos del día
velan la magia errante
con la nobleza prendida
a un corazón amante.
Veis más que el que ve
con ojos de mal talante,
sois caballero mendigo
sin escudero andante,
no necesitáis de lujos
para ser buen señor
de la vida, sois galante.

El ciego, aún impactado por este gesto espontáneo de gratitud, se ha quedado de una pieza a pesar de su sagacidad manifiesta.
El resto de los truhanes, ha dejado de intrigar por un momento. Algunos se mofan a hurtadillas, otros festejan la salida y algunos, molestos por la interrupción de la Poetisa, maldicen a viva voz…

Pero el ciego, en parte emocionado de verdad ve la ocasión propicia, toma la guitarra y se dirige a la concurrencia, que a esa hora es mucha en la hostería.

Bellísimo, bellísimo, tanto como debéis serlo vos, pero atiendan vuestras mercedes, atiendan, os lo ruego, oíd esta cantiga del rey Alfonso el Sabio, hijo por cierto de aquel santo hombre que rescató a Sevilla del yugo de los moros infieles. Oíd, luego pasará el zagalillo con la escudilla para probar la generosidad de vuestras mercedes, que no sólo de fe vive el hombre.

Y con voz meliflua empieza a cantar:



Rosa de beldad' e de parecere
Fror d'alegria e de prazer,
Dona en mui piadosa ser
Sennor en toller coitas e doores.
Rosa das rosas e Fror das frores,
Dona das donas, Sennor das sennores.

Y en llegando a este punto cae al suelo estrepitosamente, dando traspiés, llevándose por delante la mesa de don Mendo, a doña Elena, las jarras de vino, la comida y a dos clientes que por enfrente pasaban. El sobresalto es mayúsculo. Todos se ponen de pie. Don Mendo tira de él tratando de levantarlo; Buttarrelli, que ha saltado el mostrador, hace lo mismo. El ciego, en el suelo caído a todo lo largo, da en gritar desesperadamente:

¡Aay! ¡Por todos los santos, socorredme, socorredme, que me he matado! ¡Muerto soy! ¡Confesión! ¡Confesión!

En medio del revuelo, el zagalillo, con una pequeña navaja en la mano, corta sin problemas la bolsa de don Mendo, que cuelga de su cinturón. También la del propio Buttarelli. Con los ojos como un gato en una matanza, rápido como el rayo, busca y busca más víctimas, más bolsas que cortar, pero ya han levantado al ciego y el tumulto es tan grande que no atina a ver más. El ciego, ayudado por los clientes, por la joven que acaba de llegar y por el lazarillo, consigue sentarse a duras penas en un taburete.

¡Ay, Virgen Santa! ¡Ay qué golpe! ¡Creí morir, creí morir, créanlo vuestras mercedes! Niño, Martín, hijo, pasa la escudilla por las mesas por si algún alma caritativa tiene a bien apiadarse de este pobre viejo, ciego y moribundo que sólo del susto ha estado en un tris de entregar su alma a Dios.

El zagalillo pasa por las mesas la escudilla y algunas monedas piadosas caen en ella. A la de don Mendo no se acerca. Sabe que no tiene bolsa.

-Toma Carmelila de mis entraña, aquí tienes la davia, vamonos al camastro buena moza-dijo Rafaelito, metiendo los reales en el corpiño de la gitana tocando mamas de camino.-

- Espera artista, que me parece que ciego y lazarillo han desplumao a los asistentes.

- Y que más te dá, ¿no ves que mi miembro no puesde esperar más?

- Por romantico no te tenía, pero a una dama no se la corteja así

- ¿de que cortejo hablas mujer? si el cortelo lo llevas ya a cuestas de tu corpiño.

- está bien, anda vamos arriba.-contestó poniendose en pie.-

- ¡Alto ahí! -gritó el Niño del Corral irrumpiendo en la Hostería.-

(madre lo que me faltaba para no saciar el pajaro) -masculló el banderillero.-

- Buen detalle el suyo Rafaelito, ha cuidao de la dama hasta que llegara.-dijo el maestro.- ya puedes irte a descansar tranquilo para mañana Rafael.

- Pero, maestro...

-Nada de peros que mañana tienes que andar al quite de la figura del toreo.-contesto el torrero cogiendo a la gitana de la cintura.-

- Si ha venido a verme el maestro de los maestros.-contestó Carmela quitandole de las manos al banderillero las llaves de la alcoba, y tirando del Niño hacia la escalera.- por cierto maestro, esta vez quisiera los reales por adelantao

- Que no se preocupe la hembra que enseguida le doy el parné.-contestó acercandose a la barra.- ¡Buttarelli!

- ¿Pero que hase aquí que no está descansando pa mañana, alma de cantaro?

- Tranquilo que el artista necesita un retiro guerrero antes de cosentrarse, deme un adelantito de lo que va a ganá mañana con el festejo.

- ¿adelantito, dice?

- Spsss, no se hable más que sino mañana no respondo.

- Está bien, está bien, tome usted, pero descanse por amor de Dios, descanse.-contestó el tabernero presa del chantaje que el mundo del toro le estaba haciendo desde todos los flancos.-

- Toma Carmelilla, esto es un adelanto, y cuando mi estoque descanse contento te daré el resto, anda sube-le dijo dandole una palmada en el trasero.-


Entre todos consiguen poner en pie al ciego. Entretanto, el zagal ya ha abultado el morral con las bolsas robadas y las monedas ofrecidas de buena fe. Aún le quedan un par de parroquianos para desplumar a como venga.
La Poetisa, queda sola con el ciego, pues el revuelo concluyó y la chusma ha vuelto cada uno a lo suyo.

Permitidme sentaros a vuestra mesa, señor, por lo menos hasta que venga el mozo que os asiste, que mal os vería si nuevamente fuerais a caer. A propósito ¡qué voz maravillosa que tenéis! Me preguntaba si no quisierais que yo os compusiera las letras para que vos las cantarais.

¿Acaso no os he visto antes? Me da como que os conozco… Será mi idea creo, pues en quien yo pienso ciertamente no era ciego y menos aún con esa estampa, con perdón de usted.

El ciego escucha a la mujer sin pronunciar palabra, parece estar atento al vuelo de una mosca. Mientras ésta se inclina a levantar el sombrero que ha quedado en el suelo después de la escaramuza que se ha armado, el andrajoso personaje, con total desparpajo y con la rapidez de una ardilla, tantea a dos manos las asentaderas de la joven que se incorpora con la rapidez de un rayo.

¡Qué hacéis! ¡Vive Dios mal parido! ¿Vuestra ceguera os deja ver acaso lo que llevo por detrás?

¡Niño! ¡Niño! ¡Cuidad de vuestro padre o quienquiera que para vos sea este truhán! Que si vuelve a meterme mano, le afeitaré esa barba sucia con el filo de mi navaja, que por cierto no se detendrá hasta llegarle al cuello! ¡Aquí no se gana para disgustos que cada quién más livianos!

¿Hostería le llaman a este antro? ¡Si hasta en los caminos estoy más a salvo que aquí dentro!
¡En mi vida he visto un ciego que vea por sus manos! ¡Id como bufón del rey, que no seré yo vuestro lazarillo de bruces!

Dicho esto y con el desaire, ahora sí, de una dama, la joven da media vuelta y se encamina hacia un rincón de la hostería con un halo de indignación y pensando en retomar los caminos, pues intuye que aquello pronto se desbocará.

No, no, señora, no os alteréis por tan poca cosa, que harta desgracia tiene el que es ciego y no ve, el que a falta de ojos ha de valerse de lo que palpan sus manos. ¿A que sí, Martín? ¿A que mis manos son puras y están limpias de mala intención? Anda explícaselo a la dama. Por cierto, señora, ¿habéis oído que mañana torea en el coso un maestro de gran renombre? Martín y yo cantaremos en la puerta de la plaza, que tales eventos en estas tierras engrosan la bolsa. Venid con nosotros, con vuestra voz y vuestros encantos, de los que ya puedo dar fe, Sevilla quedará maravillada.

El ciego se dirige ahora al zagal y le habla al oído.

Martín, ¿has visto pasar a esa gitana tan salerosa que ha subido al cuarto no sé con quién? Cuando baje, acércate a ella y dile que venga a verme. Ay, Martín, tú no entiendes de algunas cosas, pero ya entenderás cuando seas un hombre. Tú no te separes de mí y observa, que nunca te faltará el sustento. Toma, dos monedas de plata, te las has ganado, truhán.

domingo, 26 de abril de 2009

CAPITULO I. REMANSO DE PAZ







Pasados varios meses del accidentando fin de semana que culminó con el asesinato del Cardenal, la hostería, recobró su pulso natural en el que desembarcados, estudiantes y artistas del mundo de la bohemia en general se reunían en aquél "afamado" lugar para compartir tertulia y mesa en torno a los servicios culinarios que Cristófano Buttarelli y sus empleados les ofrecían.


El tabernero, consiguió canon aparte, que los alguaciles perdonaran los últimos tumultos acaecidos en la Hostería y que volvieran a frecuentar las alcobas de su establecimiento aquellos miembros de la aristocracia que buscaban refugio, para saciar sus pecados carnales con las fulanas que el italiano les encamaba con total discreción.


En una de aquellas apacibles noches, malos augurios renacieron en la mente de Buttarelli cuándo el corregidor, don Remondo y el ganadero, Carrincho aparecieron, casi del brazo, por su casa.

- A las buenas noche tenga usted, Cristófano.

- Buenas noches tenga usted, señor Corregidor, ¿qué le trae a esta santa casa? -preguntó tragando saliva.-

- ¿Acaso existe un lugar mejor donde venir a reunirse? -preguntó riendo.-

- sepa usted que no guardo buenos recuerdos de su yunta en la última visita a esta casa.

-Oiga tabernero, sin faltar -contestó indignado el ganadero.-


-Sin faltar no se me marcha usted hoy sin abonar el descosido que me hizo con el torero...

- No se apure, Buttarelli, que a eso hemos venido

- ¿A pagar?

- Mejor que eso alma cándida, a proponerle negocio que de sobras colme el escalabro de aquella noche, ponga vino y entablemos trato.

- No sé , no sé...

- Hagale caso a la autoridad, tabernero, porque ha puesto ciegamente sus ojos en usted.-añadió Carrincho.-

- Pues más vale que santa Lucía me deje ciego, fijese en lo que le digo.

- Saque sus orejas del remojo y escuche, Cristofano, porque el favor que vengo a ofrecerle no se puede desechar.

- Valgame Dios, ¿y de que se trata tanto agradecimiento?

- Usted se ha convertido en el abanderado del próximo festejo taurino que se va a organizar en la Monumental de Sevilla.

- (Ay, virgen del Carmen, que esto no lo veo claro) ¿puede explicarse mejor, don Remondo?

-Pues claro, no es afán de liarlo en ningún desaguisado, sino de recompensarlo de tanta deuda acumulada, usted nos adelanta el coste de cuadrilla y de los carteles y se llevara la mitad de la taquilla, ¿qué le parece? , ¿no es de agradecer? , ande ¡llene aquí hombre!


- ¿Y quién conforma el lujoso cartel, que tanta plata va a acarrearme?

- Es ofensiva su pregunta, tabernero, usted abandera la esperada y ansiada corrida del Niño del Corral Cándelas en Sevilla...

- (Ay Dios,que deseo una muerte tortuosa y lenta que la condena que de caerme esta a punto)...

Y yo quiero dos entradas, Buttarelli, dos entradas de preferencia. No, tres. Para la señora que me acompaña, para mí y para su hijo, que aunque menor, es bueno que vaya sabiendo lo que una bestia astada pude hacer con un cristiano en un momento de enfado, dónde puede mandar sus tripas, lo poco que vale la vida de una criatura. Tres entradas, Buttarelli, tres, ahí lleváis el dinero. De preferencia.

La puerta de la taberna se abre casi imperceptiblemente y una figura entra al recinto arrastrando tras de sí las miradas expectantes de los concurrentes.

Es una dama, qué digo, a duras penas una mujer que sólo tiene de ello unas formas cubiertas por humildísimos vestidos, casi harapienta. La cabeza gacha parece querer ocultar la infinita melancolía que arrastra tras de sí.
El rostro, enmarcado por un cabello ondulado y rojo, cae ondeando hasta la cintura ciertamente despeinado. Trae en sus manos un hato pequeño con sus escasas pertenencias.
Los ojos negro azabache como noche sin luna, tienen apagado también su brillo natural. Las miradas se posan en ella con un halo de incontenible piedad en algunos y de manifiesta molestia en otros.
Se acerca tímidamente a Buttarelli, que la mira con desconfianza, y le habla con voz temerosa.

Señor, voy transitando caminos y donde se cuadre que haya trabajo allí me detengo. Me preguntaba si vos podríais dame la oportunidad de ganar unas monedas que me ayuden a pagarme un caldo y una noche bajo techo.

Podría hacer lo que quisierais que haga, pero me es menester deciros que al igual que los juglares, en cada alto de mi camino, entretengo a las gentes del lugar recitando historias con poemas que me han saltado del corazón.

¡Os suplico que no os riáis! Mi historia es demasiado triste para que me despreciéis sin conocerme. Os puedo asegurar que hasta fui llevada a palacio por la Guardia Real para deleitar con mis poemas al mismo rey. Más luego fui devuelta a los caminos, tan pobre y más aún que antes de pasar por la casa real, pues en ella quedó hasta el dolor que yo traía.

Sé que tenéis buen corazón tabernero, ayudadme por favor. En cada pueblo que paso me llaman La Poetisa, porque mi nombre verdadero no he de decir hasta que cumpla mi promesa, y si no la pudiera cumplir, como Poetisa moriré…

A Elena no le atraían los toros, pero por acompañar a don Mendo iba de cabeza al infierno.

-Don Mendo, si Dios y la Virgen de Triana lo permiten, me visto de flamenca y seguro que no ha visto usté gitana más salerosa que una serviora. Por Dios lleveme a la feria cogía de su braso ¡ojú! que yo me he de tragar toa la corria del niño ese y si veo las tripas del toro como si veo las del caballo que no he de ver yo otra cosa que sus ojos.

Uste sabe que el Conde de Ureña anda buscando a su esposa, desde que se ha enterao de la muerte del Cardenal, han llegado noticias a la hostería de que está como un perro sarnoso, ni vive, ni deja vivir a tó el que se acerca a su lao.

¿Don Mendo, se da uste cuenta como se me ha pegao el asento de Buttarrelli?

Si mi madre que en paz descanse levantara la cabesa diría: ¿hija mía pa ésto te pagué yo los mejores profesores de la comarca y te puse profesor de fransé?

Espero dejá este asento pronto don Mendo, porque si vuervo a la corte, me voy a avergonsá.

Y si vuervo a la corte ya no le veré más don Mendo y sólo me quedará la dicha y la desgrasia de soñar con el pajar y con las gallinas.


Qué vais a volver vos a la Corte, estando yo presente y habiendo incontables pajares de aquí a Toledo. Otra cosa es el de Ureña, que ése las ofensas las cobra con sangre, y la que yo le hice es gorda. Pero no os preocupéis por él, ya dará la cara. De momento, vamos a disfrutar de la corrida de toros que se avecina. Y no sólo de la corrida, sino también viendo cómo estafan al granuja de Buttarelli, que don Remondo, por lo que yo lo conozco, no es trigo limpio. Está en un tris de que lo engañen.

A esto, un ciego que había sentado en una de las mesas del fondo, maloliente, andrajoso, guitarra en mano, se acerca al mostrador ayudado de un zagal que le hace de lazarillo. Han llamado la atención del ciego las palabras de la joven que ha entrado en la hostería afirmando ser trovadora y mendiga.

¡Por los clavos de Cristo Nuestro Señor! ¡Bendita sea la providencia! ¡Qué pena más amarga no poder contemplar vuestra belleza! Aunque si es como vuestra voz, ciego quedaría de nuevo al abrir los ojos, deslumbrado por vuestros encantos. ¿Y decís que componéis poemas? ¿Y que los cantáis por los caminos? ¡Ay, triste desdicha la mía! Que llevo yo toda la vida cantando por esos caminos de Dios sin haber podido ver la luz. Niño, Martín, Niño, ¿dónde estás, pardiez? Dile al tabernero que sirva a la dama buen yantar y buen beber, que corre de nuestra bolsa. Y asegúrate antes de pagarle, que me da en la nariz que el tabernero es un sinvergüenza, a ver si te engaña, que ése cuenta mejor que tú.

Ojo al dato, doña Elena, ¿veis al ciego andrajoso que se ha acercado a la reunión? Tengo un olfato especial para los granujas y mucho me temo que ése es de los peores.

sábado, 25 de abril de 2009

Romance de Isolda a don Alfonso


Así don Alfonso, mi señor, que me hubisteis amado
sobre el lecho impoluto de una virgen robado,
junto a la castidad perdida, tesoro que os he entregado
por el amor que os profeso y por el amor que os he dado.
¡Válgame Dios, señor, que mi alma habéis mudado!
¡Válgame el cielo que con su sol nos ha alumbrado!
Que si morir debiera en este día templado
moriría feliz en vuestros brazos por haberme entregado
a caballero que mi corazón en su gloria ha atrapado
mensajero de la mía gloria que en ella me habéis dejado.
No conocí hombre que en mi morada hubiera entrado
ni lides en amores que conociera mi pobre enfado,
más don Alfonso, rey de mi alma, os habéis quedado
con mi corazón sediento que espera cual un tornado
vuestros besos y vuestras caricias ¡Mi bienamado!
Las intrigas que se urden detrás de los cortinados
no son sino fantasmas volviendo del pasado,
no son más que un trago de viejo vino agriado
en boca del infante infame que yo he despreciado.
Ahora que la vida es vuestra espada y mi cayado,
ahora que mis sueños fueron por bien soñados
y en la boca del deseo han quedado aprisionados,
ahora he dejado de ser doncella sólo para ser luna
en vuestro cielo estrellado.

jueves, 23 de abril de 2009

Capítulo V. Atentado en la hostería.




En medio de tanta tensión, cuando algo grave parece estar a punto de ocurrir en la hostería, se abre la puerta y entra un hombre gigantesco con hábito de fraile franciscano, un hábito pardo y sucio, maloliente. Se acerca al mostrador con maneras violentas, impropias de un religioso. Abre el hábito y saca un cuchillo carnicero de tres cuartas de largo por una de ancho y lo clava en el mostrador a modo de saludo. Buttarelli da un respingo y a punto está de volcar una jarra de vino.

Buenas noches tengan vuestras mercedes. Y que Dios se apiade de vuestras almas impías por estar a esta hora en un antro de vicio y latrocinio como éste, un lugar de perversión concebido por el Diablo para llenar el infierno de almas. Pero ya lo pagaréis caro cuando llegue la hora.

Buttarelli, cuya imprudencia era su perdición, no puede contenerse a la pregunta ni siquiera a la vista del cuchillo.

¿Pues qué hacéis vos aquí, entonces?

Yo tengo permiso de Dios, sépalo vuestra merced. Me llamo fray Paravicino de Talavera, aunque las justicias me conocen por el nombre del convento: fray Manteca.

¿Fray Manteca?

Sí, fray Manteca, porque el bendito san Audencio se me apareció en sueños y me encomendó la dura tarea de limpiar la faz de la Tierra de todos los curas corruptos que infectan la Santa Madre Iglesia, que son legión. A treinta y siete he descuartizado ya con este mismo cuchillo. El primero fue el prior de mi convento. Por eso me llaman fray Manteca. Y sólo acabo de empezar. Dicen que estoy loco, pero sólo estoy iluminado por la beatífica y justiciera luz del Altísimo.

Ante semejante afirmación hasta don Mendo palidece. Al arcipreste de la Cruz le tiemblan las piernas, se apoya en un taburete y trabajosamente se sienta en él. No pierde de vista el cuchillo. Un silencio mortal reina en la taberna.

Pues en Sevilla hallaréis de sobra carnaza de la que buscáis. Aquí tenéis tajo.

A eso vengo, a matar al cardenal, que me han dicho hoy en Triana que mañana parará por esta hostería.

Un murmullo de asombro recorre la taberna. Buttarelli, con las manos en la cabeza, pregunta:

¿Y no os da miedo decir tal cosa de su eminencia? Vive Dios ¿y os quedáis tan fresco después de pronunciar tales palabras?

¿Miedo? Fray Manteca sólo teme a la lujuria, al vicio de la carne, a la avaricia, a los placeres mundanos y a las tentaciones de Satanás. Vos sí debéis tener miedo, tabernero, a las llamas del infierno, que consumirán vuestras carnes por regentar este lupanar. ¿Su eminencia? Su eminencia es el mismísimo Anticristo, que así se cueza lentamente en las peores calderas del infierno. Un fornicador, un fariseo, un corrupto, un canalla, un cerdo asqueroso hozando en los peores basureros del alma, el peor de los hijos de Belcebú, después del Papa.

Y diciendo esto blande el cuchillo y lo agita violentamente en gestos descuartizadores cortando el aire peligrosamente cerca del preste. Buttarelli se santigua cinco veces seguidas. La voz grave de predicador de fray Manteca ha impresionado a toda la clientela. Su rostro enrojecido y colérico, su enorme nariz aguileña, hinchada como la de un toro hostigado, sus ojos azules y saltones, desorbitados, girando como los de un poseso, asustan al mismísimo don Mendo. El arcipreste de la Cruz aprieta un crucifijo entre las manos hasta hacerse sangre y se santigua otras cinco veces, pálido como la cera; un charco de orines percocha las lozas del suelo bajo su taburete. Don Mendo y don Antonio, sentados frente a frente en la mesa, se miran fijamente sin decir palabra.

¡Buttareli! -gritó, don Remondo, al entrar por las puertas de la Hostería, ante la mirada atónita de todos los presentes.- quiero poner en su conocimiento que la cuenta del torero no es mía... pero, ¿qué sucede? si parecen vuestras mercedes de pura cera...

Don Remondo, mejor venga en otra ocasión, que la taberna no está para avenirse a recuerdos de tan aciaga noche.

¿Cómo dice, tabernero?

¡De aquí no sale nadie!, pase pendenciero.-gritó el fraile sin girarse del taburete.

Pero, ¿qué arapiento monje se atreve a hablarle de manera faltona al corregidor de Sevilla? jamás se ha visto tal desfachatez...


¿Tengo que tratarlo de usía tal vez? ¡que se siente he dicho! .-ordenó fray Manteca, dejando a la vista el impresionante escalpelo.

No, si tengo varios asuntos que tratar...

Tome asiento corregidor o su garganta no llega a maitines...


(Válganos la Virgen, el Niño del Corral Candelas. ¿A que tenemos la mala suerte de que el fraile lo descuartice antes de que pague sus cuentas? Siendo largo como es, no llega al fraile ni al pecho, vive Dios. ¿A que esa mole lo convierte en el muerto número treinta y ocho?)

Eh… Calmaos, calmaos, fray Paravicino… digo… fray Manteca. ¿No veis que el maestro no anda bien de la sesera, que es corto de luces, que Dios nuestro Señor no se acordó de él a la hora de repartir la inteligencia entre los cristianos? ¿Vais a descuartizar a un pobre desgraciado estando presto a llegar la bestia inmunda del cardenal, del que el demonio se acuerde?

Venid, venid aquí, Remondo, por lo que más queráis, sentaos a la mesa con nosotros, que no sabéis de la misa la media.

Válgame Dios, será lo mejor, porque me niego a separar mi gaznate del resto del cuerpo...

¿Cuándo llegará el Cardenal de la Cruz?

Igual se ha arrepentido su Eminencia y espera en vano...

¿es usted el arcipreste o el tabernero? ¡Cállese de una vez! -dijo, fray manteca, bajando del taburete y con los ojos fuera de sus orbitas.-

No creáis que no os he reconocido, arcipreste –dijo el fraile Manteca poniéndose frente a de la Cruz. Las manos en los cuadriles, el cuchillo carnicero clavado en la mesa. Vos formáis parte del séquito de cochinos corruptos del cardenal, vos sois quien le limpia las mierdas, quien le busca las meretrices, quien cuenta el oro robado a los pobres. Sois peor que los cerdos, preste, sois la mosca que se acurruca en el culo del cerdo al calor de la mierda.

El arcipreste de la Cruz creyó morirse, allí frente a aquel castillo de músculos enloquecido que voceaba en medio de la taberna. Y aumentó el charco de orines mientras el preste se escurría en el taburete, como hundiéndose lentamente en la fosa.

Vos sois de esa clase, un canalla, un servidor de Satanás, un sepulcro blanqueado, un hipócrita, y ese cerdo del cardenal otro, y el Papa la madre de todos los hipócritas, peor que la más sucia meretriz de Sodoma y Gomorra. Porque eso es el Vaticano: Sodomaaa, Gomorraaa, Babiloooniaaaaaaaa. –Gritó desesperado, levantando los brazos con el cuchillo en alto mirando a la concurrencia.

Decidme, ¿cuándo viene la hiena?

De la Cruz, acogotado en el taburete, sólo atinó a levantar los hombros, como indicando que desconocía la hora.

Bien, lo esperaremos. No os mato ahora, antes quiero que veáis morir a vuestro amo, tal vez viendo morir a Belcebú os purguéis de vuestros pecados.

Volvió a coger el cuchillo.

Sólo hay que miraros para ver la ramera que sois. Perfumada y cargada de joyas. Mirad vuestro anillo, debe valer una fortuna –y señaló con la punta del arma al Niño del Corral-, mientras este desgraciado no tiene ni qué comer. Ahí lo tenéis, con la ropa desgarrada y sucia que pareciera venir de una pelea, pálido como la cera a causa de las enfermedades y de la privación, que no parece sino que está al borde de la muerte. Y vos con un anillo.

El arcipreste de la Cruz, con las manos temblorosas, tardó algunos minutos en quitarse el grueso anillo del dedo índice y extender la mano hacia el Niño del Corral Candelas. Remondo, rápido con un rayo, en medio del pavor, fue a cogerlo, pero don Mendo fue más rápido.

Dejad que yo se lo guarde, preste, ya veis que el pobrecillo no está en sus cabales, de estarlo ¿hubiera faltado al respeto a fray Manteca al entrar en la hostería? Traed, preste, traed que yo se lo custodio, que hay mucho granuja suelto.

Al Niño del Corral se le cayeron dos lágrimas como dos huevos mientras veía el anillo cambiar de manos sin pasar por la suya.

¿Veis, rata miserable? –Gritó el fraile dirigiéndose al preste y señalando a don Mendo- ésta es la diferencia entre un hombre de Dios y uno del Diablo, que es lo que sois vos. Pero no creáis que me conmovéis con vuestro gesto. Estáis condenado a muerte como la sucia ramera del cardenal.

(Vive Dios, qué anillo. A fe mía que da para pagar lo que debe el Niño y aún sobra. Contando con que salgamos de ésta, claro)

A ver, Corregidor, corra a asomarse a la puerta y mi informa de que almas pendulean en el horizonte, y anfe con cuidado porque desde aquí lo hirvano con mi daga...

Ni un alma, fraile, no hay ni un alma en la puerta .-contestó a lo lejos don Remondo, sin dejar de temblequear sus canillas.-

Mire bien, que flaco favor se hace si me anda con engaños...

Que no hay engaños de peras al olmo, que no hay nadie, créame.

Elena, al escuchar a don Mendo que el Cardenal Cisneros viene a la hostería con la intención de matar a su hijo, huye con el niño a la venta de los Gatos, ya en la habitación el niño duerme y ella no para de dar vueltas por la habitación y por su cabeza:

-¡Vil serpiente! Te arrastras detrás del Rey, haces lo imposible por llevar almas al purgatorio y tú eres el Diablo en persona, matar a tu propio hijo, no podía imaginarme que fueras un criminal y después a quien querrás colgarle el delito, perro rabioso, toda carnada te parece poca.


Elena, rebusca entre sus ropas y se viste de hombre, esconde el pelo bajo un pañuelo negro al estilo pirata, se pone un sombrero de ala ancha que está en la habitación, se pinta barba y bigote, coge uno de los caballos que hay en la venta y se dirige velozmente hacia la hostería de Buttarrelli.



Mientras galopaba como un rayo en dirección a la hostería piensa en el Cardenal Cisneros y lo ve deformado ¡horrible! nariz larga, pelo de mazeta, ojos saltones, ojeras verdosas, labios invisibles. Cómo pudo enamorarse de un hombre tan feo y odioso que había vendido su alma al Diablo y el corazón a los perros.



¡Vaya! Esto sí es sorpresa. Muchos sicarios veo yo aquí para mi hermano. No, nadie se altere. Tengo muchas pendencias con “el cardenal”, si ha hecho carrera en la iglesia tan rápido ha sido gracias a sus cuantiosas donaciones. Dicho de otro modo. En su día tomó la herencia de nuestro padre y nos dejó en la calle. Desde entonces he tenido que arrojarme a la aventura. Su muerte no me desagrada, pero no seré yo quién la lleve a cabo. No soy Caín. Tampoco quiero estar aquí para cuando eso suceda. En cuanto a lo del niño, sabed que no renuncio a su custodia. Aunque por el momento me conformo con la situación, ya que me es favorable. ¡Ea, señores, quedad con Dios! Confío en que nos veremos. ¡Butarelli, esta la pago yo! Por cierto, don Mendo. Si alguna vez queréis batiros o tomar vino. Pasad por Coria, veréis en la dársena a un ciego tejiendo una red. Preguntadle si ha pescado alguna vez un pecio, el os llevará hasta mí.

Capítulo IV. El cardenal y su séquito.




Pero ¿cómo os vais a acurrucar sin restregón de macho estando aquí este servidor de vos y de Dios, señora?


(Pardiez, qué hembra, qué lustre, qué carnes, cuánto arranque)


Otra cosa es la de los reales, que si por mí fuera pondría un imperio a vuestros pies, pero ha querido el demonio que haya perdido mi bolsa en la reyerta de la plazuela. Encima no llevo dinero, aunque lo tengo. Ya veis que ni la cercanía de la muerte frena a los truhanes. Y no tenéis traza vos de acurrucaros por dinero, sino por pasión, que bien se os ve. Tampoco soy hombre yo de pagar por pasiones. Y por el torero no os preocupéis, que si salimos del trance de mañana con la visita de su eminencia, pasado lo iremos a ver a la plaza. Os aseguro que en cuanto cobre, si es que el morlaco deja siquiera sus despojos, a fe mía que os pagará. Que llevaba razón don Antonio cuando decía que ni burras merecen, cuánto más hembras.

Por cierto, aunque su eminencia es muy reservado, como bien pregona su fama, tengo a mi parecer que vuestras carnes dislocarían su prudencia. Si el cardenal tuviera a bien detenerse aquí mañana a su paso para Córdoba, mostraos bien visible, vos y las damas que os acompañan. Os pagaré bien, podéis contar con ello, aunque dudo que os entre al trapo, pues viene buscando a otra persona.


(Nunca está de más sembrar el nerviosismo y el desconcierto en el ánimo del enemigo)
Aquella noche Elena no pudo dormir, su cabeza era un enjambre de abejas, por un lado el deseo insatisfecho del hombre de la mirada penetrante que le estaba quemando las entrañas y por otro el pensamiento puesto en Gonzalo el Cardenal.


Elena creía que él llegaba a la hostería de incógnito y si enviaba un correo a caballo avisando de la llegada con todo su séquito ¿qué planes podría tener para llamar la atención de esa manera?




¡Abrid la puerta! -gritó el forastero con capa, que golpeaba el viejo aldabón de la hostería.-

- ¿quan gritan de esa manera?.- preguntó, Buttarelli, arrancándose las legañas con el puño de su camisón.-

- Soy el arcipreste Juan de la Cruz, ¡Abra!

- ¿Y a qué viene tanta prisa, hombre de Dios? -volvió a preguntar el tabernero retirando la tranca de la puerta de entrada.-

- Déjese de serenatas, y prepare unas viandas que vengo con las vainas vueltas de tanto camino, ¿no recibió la misiva de la llegada de su Eminencia?

- claro que si señor preste, llegará esta noche ¿verdad?

- Soy el Arcipreste, ¡cabeza en manteca!, que preste ni preste, además sepa usted que el Cardenal está a punto de llegar, así que abrevie alma de cántaro que los cuernos del toro le apuntan.

-¿a punto de llegar? .-preguntó con la cara desencajada.-

- Lo que ha oído malandrín, ¡Apurese!...

¡Alto ahí! Que todos me oigan, al punto revelaré mi verdadera identidad y mis propósitos. Por que un hombre son sus acciones y también sus omisiones, es por eso que estoy involucrado en este tema. Mi nombre sigue siendo Antonio, y ese niño que ahí veis de nombre Alberto lleva mi sangre. Más nadie piense nada malo, pues hasta hoy no nunca había visto a Elena. Soy hermano del Cardenal y enterado de sus propósitos a por el niño vengo.

Preferí llegar como pazguato, pues así había de ver en quién confiar. Quise distanciarme de mujeres para así tener despiertos mis sentidos, os he observado a todos y sé muy bien que nadie me dejará salir con el niño por la puerta. Pero habéis de saber que sólo conmigo está a salvo. La avanzadilla que mi hermano ha mandado apenas pueden llamarse hombres, con vuestros ojos lo habéis visto. ¿Acaso creéis que el clero no guarda bien sus secretos? ¿Acaso creéis que alguien sobrevivirá? Dentro de poco llegará el Cardenal y a su partida aquí no quedará testigo. Atended bien a lo que os digo.

Si desaparezco con el niño, le enseñaré el dominio de las armas, la paciencia con las mujeres y el secreto de las letras. Nada en lo referente a lo caballero se me quedará por mostrar. Y buena hacienda le he de dar. Porque hice fortuna en el Mediterráneo despojando a piratas de lo robado. He cortado gaznates de corsarios franceses y me he manchado con sangre berebere. Y jamás, hasta esta noche, maté a español que no se lo mereciera, mas alguno dejé tullido y hoy los ves pidiendo en la puerta de las iglesias y mentideros.

Advertidos quedáis, si alguien trata de impedir que conmigo se venga lo ensartaré como a un turco, y creedme que en eso tengo experiencia. Pues yo con navaja y daga no temo a florete. Pregúntenselo sino a los dos desgraciados que flotan en el Guadalquivir.En cuanto al conde, él no es su padre. Ni parentesco les une. Tengo yo dinero para doblar la cantidad.

(Vive Dios que mi instinto ya me prevenía sobre el frailecillo. Vaya, vaya, con don Antonio… Nada menos que hermano del cardenal. Y el arcipreste, ¡cuánta soberbia! Ya me gustaría medirle la arrogancia en el callejón, a fe mía. Feo se pone el asunto, se han vuelto las tornas. Pero a lo hecho, pecho. Si al menos estuviera aquí la cuadrilla del niño… ¡Qué banderillazos daban, por la Virgen del Carmen!)

Oídme bien vos, don Antonio, o como quiera que os llaméis. Eso de ser padre lo pongo en cuestión, que no es padre quien engendra sino quien alimenta y educa a una criatura en el amor de Dios y con el beneplácito de la Santa Madre Iglesia, al menos es lo que predica su eminencia. Es padre quien reconoce serlo ante Dios y ante las justicias, no quien reclama a una criatura como si de una yegua se tratara. Y lo digo por vos y por vuestro hermano, si es que sois los dos del mismo padre.

Y no os alteréis, don Antonio, por debajo de la mesa os apuntan dos pistolas. Un mínimo movimiento y os parto el alma en dos. Y eso cuenta también para vos, preste, aunque en vos no merece la pena gastar una bala. Doña Elena, acercaos.

Doña Elena se acerca a don Mendo y éste le habla al oído sin apartar la vista de los demás.

Coged presto al niño y una bolsa de oro que guardo entre mis ropas. Id rápido a la venta de los Gatos, camino de San Jerónimo. El dueño es mi amigo. Ocultaos allí hasta mi llegada. Ummm... y os aseguro que sus cuadras tienen unos pajares estupendos, doña Elena.

Luego se dirige a don Antonio mientras doña Elena sube las escaleras:

Por cierto, don Antonio, no temo a los turcos ni a los berberiscos ni a los franceses. Estoy aquí por cuenta del conde de Ureña, que es quien me paga, y si él me autoriza podréis llevaros a la criatura. Mientras, podéis esperar ahí sentado, con las manos sobre la mesa, tal como estáis. En cuanto a los bravos amigos del cardenal, ya habéis visto lo que han hecho con ellos el Niño del Corral y los suyos. No es que el Niño sea valiente, es que sencillamente está loco, que es peor.

Y en lo tocante a mujeres, dudo que podáis enseñar a nadie, salvo a otras mujeres, tal vez punto de cruz y algunas otras materias dignas de conventos.

A fe cierta, sabe Dios, que esto no quedará así. Le exijo, don Mendo, que deponga su actitud y detenga a madre y bastardo antes de que sea demasiado tarde, no respondo de la ira de su Eminencia que está a puntito de llegar, y entonces no habrá rincón en el reino donde ahuecar el ala y su insolencia.

Pero, válgame san Cleto y san Paturcio, ¿no hay forma de que reine la paz en esta Hostería? haganmé el favor vuestras mercedes de mantener la fiesta en paz y de dar la bienvenida al señor Cardenal con los honores que merece excelsa persona, por amor de Dios, don Mendo, que desde que entró por esas puertas ayer tarde, no ha dejado de caer miseria y la desgracia en esta casa...

¿Punto de Cruz…? Serán de sutura, como los que dan los barberos. No temo a vuestras pistolas, a decir verdad, no os temo. Os he visto descargar las pistolas a un triste caballo. Triste, triste, triste. Y como vuestra voluntad es un apéndice que cuelga os habéis olvidado de cargarlas. Naipes marcados… os he visto el farol. En cambio yo, tengo apostados en las esquinas a mis hombres. ¿Hombres? Claro, no pensaría vuestra merced que yo solo me iba a enfrentar a turcos y franceses. Mi tripulación. Pero os daré tregua. Como veo que no queréis mal al niño, ni la madre tampoco, por supuesto. Os dejaré partir, cada cual su camino, quieres mujer tómala, pero no hagas que el niño se críe con ese conde al que odio tanto o más que mi propio hermano. Y una última cosa, no afiléis más vuestra lengua contra mí. Sino queréis ser mañana un pobre pedigüeño alargando la mano en la puerta de la catedral.

Yo tampoco respondo de mi cólera, preste. Y tomad nota, Buttarelli, que lo mismo chupas la sotana de un cardenal que remangas el hábito de una monja. Seguro que cuando llegue el curate le sirves vino en condiciones… y gratis.

En cuanto a si mis pistolas están cargadas o no, tendréis que averiguarlo vos, don Antonio. Por Cristo vivo os digo que ni yo mismo lo sé, pues las usé varias veces durante la reyerta. Si tan seguro estáis de que no están montadas, moved siquiera un dedo, yo también tengo curiosidad por saberlo.

¿Y estáis dispuesto a dejarme marchar? Cuánta misericordia, qué largo me lo fiáis. Que yo sepa, sois vos el que está encañonado. Ya puestos, os voy a confesar otro farol: yo tampoco vine solo. Ni el conde de Ureña es tan corto de medios ni yo soy tan ingenuo.

Buttarelli, haced algo en condiciones esta noche y servidnos vino. A don Antonio y a mí, al preste dadle agua.

¡Ahí, don Mendito! Fácil es ordenar cuando se empistola a un cristiano, mire usted que hay otras tabernas donde beber y discutir... estoy viendo que en menos que un cura loco se persigna hay palos y alboroto en la Hostería...

miércoles, 22 de abril de 2009

Plegaria de don Alfonso a los cielos

¡Oh, qué dulce saben vuestros besos húmedos! ¡La levedad de vuestro cuerpo se hace miel en mi boca!

Vuestra piel es terciopelo acariciando mis manos y mis manos son mariposas aleteando entre la calidez de un campo poblado con las flores de mi pasión que ya se hace hoguera...

¡Oh, bienaventurados sean los cielos que me han colmado con la dádiva de teneros entre mis brazos! Perpetuad este momento de gloria que atesoraré hasta el día de mi eterno descanso.

Haced que el jadear de mi señora junto a este pecho palpitante se inmortalice para siempre en el reino sublime de nuestro amor y de él nazcan los frutos almibarados que nos alimenten en el desierto de las intrigas que se urden a nuestras espaldas.

¡Cielos, atended mi súplica!

¡Cielos, no abandonéis a este servidor! Os prometo que haré honor a este momento y defenderé a Isolda con la fuerza de cien leones, que no habrá Infante don Juan Miguel ni esbirros que le sigan y que se interpongan entre ambos, que no pagaren con su sangre la afrenta de traicionarnos.

Desde hoy esta torre donde yace Isolda junto a mí, entre finos mantos de lino, será el altar que veneraré en silencio…

¡Cielos! ¡Mi espada pongo por testigo y mi alma por honor!